Otoño

Yo nací para ser otoño.

Aunque algunas veces haya sido primavera,

y otras un largo verano convertido en invierno,

yo nací para caer de otoño

y ser el ruido bajo tus botas

 

Nací para el mar en septiembre y la montaña colorada.

Mis hojas que son de otoño caen mientras el tiempo pasa y mis ojos miran.

Nací para ser el aire que baila por la vida.

Para ser un noviembre acalorado,

un dos de octubre en México que no se olvida.

 

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A Peña Nieto

Me sabe a ti el olvido

A dejar atrás los malos años, las pesadillas de la mala gente y los malos gobernantes.

Me sabes a sangre seca, a miedo callado que se escucha a gritos y a fosa clandestinas en cada esquina por descubrir.

Me sabe a ti la Guerra, el odio, la indiferencia y hasta el verbo joder de joder al país cada mañana me sabe a ti.

Imbécil país que cree que elige a sus gobernantes.

Asesinos los gobernantes que matan violan y secuestran una y otra vez a su país.

 

Me sabes a cuerdas marchitas de una marioneta rota,

A dictadura malgastada bajo un cielo rojo e infinito.

Me sabes a falta de esperanza.

Al territorio que espera no morir de pobreza a cambio de un saco de cemento, 4 camisetas y una despensa de enlatados.

Me sabes a traición.

 

A la foto de revista Forbes de la gaviota y sus gaviotitas en el nido blanco.

A Duarte, a Moreira, a ropa de Gucci y al Chapo Guzmán.

Hueles a muerto.

Me sabes a desaparecidos, a empaladas de injusticia, a cruz en el desierto.

A toda la violencia que no llama a tu puerta aún estando en todas partes.

Me sabes a fracaso, a una gran mentira de viejas mañas en nuevas manos.

 

Me sabes a un minuto de silencio por cada caso archivado, una hora por cada uno de los desaparecidos, un año por la patria que se desangra.

A luto eterno por las autoridades que no actúan.

Me sabe tu gobierno a corrupción;

De ésa misma que se mete por la sangre y va infectando todo lo que toca

Me sabes a enfermedad, a abuso en el pasillo de los desahuciados

 

Me sabes a injusticia, a impotencia, a todo un país que grita mientras calla por miedo a temer más.

 

Me sabes al olvido que no llega, a la esperanza de olvidarte,

De enterrarte hondo y boca abajo (de preferencia en territorio extranjero)

Junto a todos tus muertos no vaya a ser que te dé por salir.

A México (desde mi vena periodística)

¿Por qué no salimos a la calle?

Me pregunto una y otra vez cómo es que los mexicanos nos hemos vuelto la esposa maltratada del gobierno que por miedo a no encontrar otro no lo deja. Por miedo a que nos pegue más al regresar de la comisaria o a que se burlen en el MP al decirnos, no señora pues seguro usted se la buscó o que cada quién tiene el gobierno que se merece. Me pregunto entonces si cada mujer tiene el marido que se merece cuando callar es el mayor delito.

El país va de mal en peor y todos lo sabemos. Tal vez alguno que otro priista quiera convencerse de lo contrario pero las cifras no mienten y mientras que en el resto del mundo la pobreza extrema baja, aquí, en el país donde todo pasa y nada importa y la vida no vale nada, sigue subiendo.

Tenemos memoria a corto plazo, y como bien lo dijo Octavio Paz, salimos a gritar cada 15 de septiembre para después callar el resto del año. Callar y aguantar en esta relación destructiva y codependiente que no deja al país progresar.

No salimos porque los que salen son los maestros, o al menos, eso nos dicen las noticias. Porque son ellos y no el gobierno corrupto los que importunan al mexicano promedio y decente que quisiera tener un país donde la justicia funcione y los crímenes se investiguen y se resuelvan. Ah, no, pero la culpa, nos dicen es de los maestros.  Porque hemos conseguido una clase media acomodada y nos da lo mismo lo que pase en Oaxaca o cuantas fosas encuentren en Guerrero porque por suerte, ninguno de los nuestros aún ha desaparecido.

En este país, al marido-gobierno le perdonamos todo. Tenemos un presidente que no solo es inepto y traidor sino que además  es el segundo mejor pagado del mundo solo después de Obama mientras en la tabla de ingresos per cápita nos encontramos muy por abajo en el puesto número 69.

En este país, desaparecen estudiantes, policías vestidos de civiles levantan a poetas, se agreden a activistas y se asesinan periodistas pero al parecer todo eso no basta. Parece que enn la última década nos hemos acostumbrado a las balaceras, a los cuerpos esparcidos por nuestro territorio que siguen manchando de sangre nuestro futuro y nuestra bandera.

Aún así no salimos porque formamos parte de ese 34 por ciento de mexicanos privilegiados con acceso a internet desde la casa y podemos así evadir las calles, las noticias y firmar en change.org a ver si de buena gana renuncia nuestro presidente sin necesidad de mirar de frente a los granaderos, ni a infiltrados, revoltosos o anarquistas.

No salimos porque tenemos miedo. Porque la imagen del mexicano revolucionario y con pistolas solo existe en las películas y en la realidad cada año se reprimen más sueños y se callan más bocas.

Yo me niego a ser una boca callada. Que me callen bajo tierra como a mis hermanos. Que me cierren los ojos y el corazón para no ver en la obviedad la injusticia,  en éste país secuestrado donde pareciera que todos sufrimos de síndrome de Estocolmo. “Pero si solo es una pierna”, gritaba aquella sueca en 1973. Pero si solo son 43, solo una guardería incendiada, tan solo miles de muertos y desaparecidos, una niña debajo de un colchón, unas cuantas extranjeras y decenas de nacionales toqueteadas en Atenco o algunos muertos en el Istmo; qué más da.

Sólo uno es el Chapo que se escapa cuando puede, y sólo la mitad de la población vive en pobreza o pobreza extrema mientras la primera dama ocupa un buen sitio en las listas de millonarios de la revista Forbes.

Pero en  este síndrome del secuestrado, al país ya no le quedan piernas para salir a la calle ni brazos para abrazar la esperanza. Decía Benito Juárez que nadie podría en contra de la patria; pero para eso, la patria tiene que estar despierta.

El gobierno nos ha tomado las medidas, nos ha convencido de que el enemigo es el narco, los sindicatos, los maestros, los gringos o las transnacionales con tal de que no volteemos a mirarlos a ellos.

El enemigo es el gobierno, el marido golpeador, el secuestrador, el narco que se escapa una y otra vez de la opinión pública porque en esta país entre tantos muertos también ha muerto la esperanza.

Preferimos apagar la tele, cerrar bien los ojos, el alma y la puerta para que no entren los descabezados, ni las víctimas de explotación sexual ni los presos que son inocentes. Mejor vamos a echarnos unos tragos no vaya a ser que nos dé por pensar que todos conocemos a alguien que ha sido secuestrado, que la muerte siempre anda cerca o que el crimen en la ciudad de México ha aumentado 15 % en este año.

Que mataron a una familia completa en Tamaulipas, a unos jóvenes en la Condesa y a unos migrantes sin nombre en la frontera. -Algo habrán hecho- dicen. Eso, pregúntenselo a Sicilia, o a Páramo o  a los papás de cada uno de los desaparecidos que no son 43 si no miles. Algo habrán hecho decimos. Ser mujer, ser estudiante, haber soñado con la justicia, haber estado en el lugar equivocado, ser víctima de una situación de pobreza.

En este país, la mayoría cae en el crimen víctima de la pobreza, de la desigualdad, de la injusticia, de falta de educación, exceso de corrupción y todo por culpa del mismo mal gobierno que mantiene a inocentes en las cárceles mientras los más culpables se mantienen con nuestros impuestos.

Hoy, tenemos el derecho y nos sobran las razones para protestar. Pero para que nos escuchen, no basta que salgan los mismos de siempre. Decía la periodista Ulrich Meinhoff que una persona lanzando una piedra es vandalismo pero miles de personas lanzando miles de piedras se convierte en política. Personalmente, no creo que las piedras hagan falta. Es momento de hacer política juntos por medio de la unión, por la vía de la resistencia pacífica, las manos unidas y nuestra presencia. Si estamos todos, siempre seremos la mayoría. Si salimos cientos será una manifestación, cuando seamos miles comenzará a convertirse en política y el día que salgamos millones,  será una  Revolución.

Todos los que creemos en México, los que estamos verdaderamente orgullosos de ser mexicanos y sabemos que merecemos un gobierno mejor que camine de la mano con el pueblo en lugar de pisotearlo una y otra vez para llegar al frente, debemos empezar a echarle aire al fuego para prender esa llamita de esperanza que se nos desvanece.

Todo problema, como la caries, se hace más grande si no se atiende en el momento, y no podemos seguir dejándolo para mañana, para las siguientes generaciones a ver si por fin nace otro Miguel Hidalgo otra Josefa u otro Zapata. No necesitamos más héroes sino más ganas.

No podemos seguir heredando generación a generación esta impotencia que nos ha hecho indiferentes.

Hoy los invito a reflexionar. Si así lo deciden, a salir este 15 de septiembre. A exigir que nos devuelvan lo que es nuestro, nuestros derechos y nuestro país.

Los invito a pensar las cosas, a hablar con sus vecinos, a proponer. A actuar, cada uno a su manera por un México en el que nuestro Presidente nos respete y nos represente y no nos siga maltratando mientras se burla una y otra vez de nosotros en nombre de la democracia.

Los invito a tomar las calles. A que todos juntos gritemos ya basta. El gobierno es una fábrica  de mentiras y corrupción  que sigue agarrando velocidad y arrasa con todo lo que toca. Solo todos juntos podemos detenerlo, solo juntos podremos detener su empresa y hacerle ver al mundo que aunque nuestro gobierno esté jodido, invite a Trump y sea cómplice de miles de crímenes, nosotros, el resto de los mexicanos, no.

Porque lo merecemos, porque queremos que Viva México pero parece que sólo muere.

Salgamos a las calles en nombre de la paz.

Dedicado a todos los que creemos en México y saldremos a las calles. A los que desde lejos de nuestro país lo haremos de corazón y a todos los que aman más a su patria que a sus privilegios y harán el esfuerzo de caminar unas cuantas cuadras o subirse al metro con el fin de un día hacer de nuestra actual utopía, una realidad diferente.

Porque somos muchos y seremos más.

“Tenemos que ser el gran arsenal de la Democracia.”

F. Roosevelt

 

 

 

 

Carta de amor.

En este país de sol tan desolado.
Fui juntando la esperanza de a poquito para ver si podía sembrarla pero la tierra ya no era fértil y no hubo mezcal que la curara ni rezo que pacificara lo que en esta loteria mal rige el diablo.
Y es que allá donde la desesperanza gana, hasta los sueños se marchitan.