Breve historia de familia

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Tuve un abuelo médico y una abuela poeta. Me gusta imaginar que cada vez que el Doctor Remolina ponía el estetoscopio sobre el cuerpo de Isabelita, en lugar de latidos; se escuchaban versos. 

 

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El muro

Soy la frontera que llevas adentro

La que habla español, te baila flamenco y entiende inglés

El te llamo para atrás pero por atrás nunca disparo. 

La espina de nopal atorada en la garganta de Cortes 

y la Malinche que llora la noche triste de sus recuerdos 

Soy la tierra que atraviesa las agallas de los peces que no vuelan 

El vuelo de la nube que no distingue países ni muros ni colores

Soy el muro que se rompe desde adentro

Y deja llagas por donde cae

para llenar luego bolsillos vacíos que llegan en suelas gastadas de tanto soñar. 

Tiempo

Hay días eternos de palabras secas 

Años que nos van dejando, 

susurrando desde el olvido el recuerdo

y recuerdos que a base de repetirlos se desmoronan 

 

Nos secamos nosotros también, nos desmoronamos 

como pan viejo con cada lluvia nueva, 

con cada caricia en la humedad del rocío 

al amanecer. 

 

Nos volvemos más necios, 

más flacos de pensamiento 

y más arrugados de piel. 

 

Llegan entonces los miedos y las prisas, 

las risas atoradas tras puertas 

que nunca se abrieron 

y las ventanas grises que ocultan el atardecer

 

La primavera sospecha entonces que será la última 

y acumula el polén en el cajón, 

sobre las repisas y detrás del alma 

 

Es ahí mismo donde surge el llanto 

con el viento que llega del norte, 

se lleva loso mosquitos y contonea la memoria 

explotada cual palmera 

 

La luna llena no puede alumbrarlo todo

y queda siempre un gato a oscuras

escondido en el silencio. 

Que lo que no se dice no duele 

y lo que no se escribe nunca fue. 

Después de tu muerte

Aprendí a cortar cebollas pensando en ti

A ignorar los letreros de prohibido 

y a sentir el riesgo de ser el riesgo que trepa por tu cintura 

Aprendí que dos menos uno son dos cuando se quiere tanto 

y que los adioses más difíciles son los que nunca han de volver 

Aprendí a quererte sin quererlo, a soltarte sin cuerda

a encontrar pedazos tuyos en todos los demás

Aprendí que hay silencios que duran para siempre 

y para siempres que duran solo un día infinito y soleado 

Lo que se queda

A mis abuelos. 

 

Solo quedamos nosotros 

Después de que la tierra cubriera sus ojos

Sus manos llenas de caminos

Llenas de las historias que nunca contaron 

Quedamos los que somos, 

Los de los sueños que se marchitan si no se cumplen

Los de los corazones chiquitos de tanto extrañar 

Quedan también los surcos de ellos en nosotros 

La tierra fresca, la roca firme y la piel suave

El perdón de lo que fue y de lo que nunca sabremos 

Queda el silencio, 

el blanco y negro de sus sonrisas, 

las generaciones que están por venir 

y nosotros que seremos sus abuelos 

Quedarán los años que vienen,

 las arrugas que estorban 

y los niños que aún no lo son. 

Quedará el recuerdo, 

el después de la noche eterna, 

la marea alta que borra las huellas 

y la luna cómplice de lo que se lleva el mar 

Quedarán las venas siempre abiertas en el árbol de la vida 

Las flores que se secan, los días que se nublan 

y esta absurda necedad de querer detener el reloj del tiempo 

y de darle cada dos días la marcha atrás 

Llegué de cuatro pedazos y ellos a su vez de cuatro más 

 

 

Chicago

Por acá llueven recuerdos

y son las nubes las que guardan las memorias perdidas. 

Se pierden nuestras voces entre el sonido de la tormenta 

y el cielo se presenta inmensamente inalcanzable. 

El hoy es el ayer de tu mañana

mañana nublado, dividido, con lluvia o sin ti. 

Eres la lluvia de mis ojos hecha lago

Ciudad lluvia, ciudad tormenta

de nubes bajas y vestidos cortos. 

Entre la perdición y la prohibición, 

Chicago en verano es un blues

siempre húmedo y desesperado.